09 abril 2011

De un tiempo a esta parte vengo sintiendo unas irresistibles ganas de decirle a alguien todo el caos que me produjo, todo el desorden que me dejó. No suelo sentir arrepentimiento por las cosas que hago, pero esta vez sí me cuestioné un par. No, no me arrepiento, defiendo a la persona que fui en ese momento, siempre cuerda e intrépida. De esas a las que le gusta dejar huellas –forma de desprenderme de las mías–, la sutil y muchas veces silenciosa. Y así me manejo, observando, analizando, extrapolando gestos y pensamientos.


Cuesta que me entren balas, pero lamentablemente no soy infalible. Me quebré, me compuse y me paré.


La noche me quiebra el servicio, mis defensas se van a dormir y quedo sola en la penumbra, con los recuerdos que me marean y las fantasías que dan la pelea una vez más. No hay otra forma de entrar a la inconsciencia? No podría tan sólo contar ovejas y ya, dormida. Es así como empezamos otra vez, los eternos monólogos de desprendimiento de sentimientos, rencores, odios y besos.


Las muchas ganas de hablar me cierran la garganta y por momentos dejo de respirar y hasta de razonar. Yo siempre digo: las decisiones se respetan! Por más que duelan, confundan o maten.



No voy a sucumbir…

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