Hace unas 50 horas atrás llegué a una conclusión: volvería. Tu fuego se apagó, pero debajo del polvo arden cenizas de una vida pasada. Es que fuiste tan preciso, el momento más correcto que he tenido en la vida (en una vida de 21 cortos años). “Tanto tiempo!” – “Si, por qué?”.
La primera de las tantas preguntas que me hicieron reflexionar. Por qué nos fuimos tanto tiempo, qué hicimos, quiénes éramos ahora?.
“Sabes algo?” – “No, qué?” – “Te quiero” – “Por qué?”
Qué difícil fue encontrarle las razones a ese querer, pero tu respuesta fue inmediata y clara. Y me dejó pasmada. Supe que también te quería, y mucho.
Nos volvimos seres cotidianos, nubes condensadas en el mismo día y que aunque volaban paralelamente, la distancia –nuestra- era la más mínima.
Estuviste cuando cerré una de las puertas más pesadas de mi vida, me contuviste, me apoyaste y me abrazaste (yo lo sé). Fuiste tan cálido, tan suave, tan fuerte. Fuiste lo que yo no conocía. Fuiste amor.
La embriaguez fue pausada, lenta, pero aplastante.
Nos volvimos tan necesarios. Tan íntimos. Tan desconocidamente conocidos.
“Te quiero inmensamente” – “A mi me parece que eso tiene otro nombre”.
Ahora ya lo sé bien, hay que llamar a las cosas por su nombre. Tú me quitaste los miedos y me plantaste las certezas. Estaba segura de lo que sentía pero me camuflaba.
Me desnudaste, me miraste y el silencio inundó. Las palabras se volvieron tan vulgares en ese momento, que habría sido negligente hablar.
“(…) te amo” – “…”
Las miradas invisibles pero sinceras, la falta de letras pero el exceso de sentimientos llenaban mi ambiente y el tuyo. Mi velo de amor cobijaba tu cuerpo.
Paralelos, pero juntos. Siempre juntos.
Un día pisamos el mismo suelo, nos fundimos en el mismo abrazo y miramos la misma foto.
Los dedos amantes se envolvieron en una caricia tímida y fugaz, que repitieron hasta agotar la botella de cerveza rubia y el pucho solitario.
Me guiaste por ese mundo irreal y mágico, de mucha gente y música ambiente. Y ya en el último escalón, el jazz fue testigo de cómo mis labios curaban a los tuyos. Y de cómo tus labios curaban a los míos.
La belleza urbana se volvió secundaria a tu lado, no era más que rutina bohemia. En cambio en tu rostro yo tenía mucho por descubrir, así que no iba a pestañar.
Conocí tus lugares, sentí tus aromas, oí tus sonidos, toque tus sueños.
Acomodé mis pupilas y tome tu mano, brevemente bailamos, hasta que nuestras bocas se encontraron y comenzaron a decirse lo mucho que se deseaban, con su lenguaje tan exquisito.
“Reconoces la canción?” – “Si…”
Al fin dibujamos la escena del acto final. Nuestros cuerpos desalmados quedaron inmóviles mientras el telón nos cubría y nuestros corazones aplaudían.
El corto circuito lo produjo el último beso. Y en ese destello de luz volvimos a donde debíamos.
Tú allá.
Yo acá.
Paralelos.
Y ya no juntos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario